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Cielo de Grullas

Chen Wang lleva cuatro días sin comprarle flores a Ashan. Es la primera vez en su vida que hace una cosa por voluntad propia y ni siquiera se ha dado cuenta. Chen Wang decidió dejar de comprarle flores a Ashan cuando Claudia, una de las clientas del restaurante chino en el que trabaja como camarero le preguntó si el abanico con que la habían obsequiado al finalizar la comida lo había pintado él. Chen Wang se había sonrojado mucho, lo recuerda, porque era la primera vez que una clienta se daba cuenta de que el abanico estaba pintado a mano. La primera vez que alguien en España le adivinaba a Chen Wang en la mirada el brillo de acuarela del pintor. En Shanghai, el joven Chen Wang era para todos un artista. Estudiaba Bellas Artes porque así lo había decidido su madre y él, acostumbrado a hacer caso de los demás sin plantearse si aquello le gustaba o no, había descubierto su vena creativa. Se le ocurrió que tal vez pudiera ganarse la vida pintando, así que empezó decorando una mañana abanicos de tela que compraba blancos en la tienda de la esquina. En los descansos entre las clases en los días de calor, Chen Wang ordenaba cuidadosamente su mercancía de colores sobre la hierba del campus y raro era el día que volvía a casa con algún abanico en la mochila.

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Una mañana le había comprado uno su profesora de dibujo. La mujer, enamorada de la estampa primaveral que había plasmada en su abanico, le ofreció trabajar para ella. Tenía una tienda de antigüedades en la que podría ejercitarse en el arte de la restauración. En sus ratos libres, le dijo, le dejaría pintar abanicos que podía ofrecer a sus clientes. Chen Wang quería decirle que prefería pintar en la soledad de su estudio, pero había aceptado porque pensó que a la mujer le haría ilusión. Allí, en una de sus tardes de tedio esperando que entrase alguna de las personas que pegaba la nariz contra el cristal del escaparate, había conocido a Ashan.

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Ashan era la sobrina de su profesora de dibujo, una muchacha bonita, de cabellos lacios y piel de marmolina, que llegaba de Tokio a pasar un par de semanas con la mujer antes de marcharse a estudiar con una beca a España. Chen Wang la había mirado un poco. Ashan le había dado el primer beso y, casi sin darse cuenta, Chen Wang se encontró cambiando sus óleos y sus abanicos por una maleta para España. Él no quería venir pero tampoco contrariar a Ashan. Así que aquí se había plantado con ella, que llegaba a Cuenca para estudiar también Bellas Artes.

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Así fue como Chen Wang terminó trabajando en el restaurante chino de la plaza de la U, mientras Ashan hacía lo que él siempre había deseado: pintar. Desde que se marcharon de Shanghai todo había ido mal. El muchacho apenas veía a Ashan, sospechó que le engañaba. Y aquí a nadie le interesaba que supiera pintar como nadie los colores del loto, el plumaje de la grulla o los destellos del sol en el agua de los estanques. Aquí era sólo un camarero. Y más vale que fuera rápido. Con lo que ganaba, apenas tenía para pagar el piso que compartía con Ashan. A ella ni siquiera parecía importarle. Pero, por alguna extraña razón, Chen Wang sintió que deseaba permanecer con ella, aunque no estuviera seguro de que la quería. Pintaba una mañana un hermoso abanico que parecía una seda de kimono para ella, en la trastienda del restaurante. A esas horas todavía no empezaban a llegar los clientes y podía permitirse emplear un poco de tiempo en hacer un regalo para Ashan. Se dio cuenta de que llegaba la dueña del restaurante, pero no le dio tiempo de esconder las pinturas. La mujer había quedado maravillada al ver los dibujos de los abanicos de Chen Wang. Por eso le propuso, por un poco de dinero extra, pintar abanicos para regalarlos a los clientes. Chen Wang había aceptado. Con lo que le daban podía comprar las pinturas que necesitaba y, con las monedas que le sobraban, compraba cada día un ramo de peonias para Ashan.

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