publicita
crv

Info

Amarillo

Amarillo. Ese era el color. Lo ha buscado en su memoria y lo ha encontrado al fin, fresco como cuando se le perdió. Le traía lirios amarillos en primavera, ahora los ve como entonces, lozanos y cubiertos de rocío. No los aceptaba de nadie más, hoy no los soporta, pero recuerda que le gustaban. En las tardes de agosto salían a pasear por los caminos polvorientos y amarillos, como los lirios. Miraban el verdor alimonado de los chopos con una misma mirada, escuchaban a las chicharras a la misma vez, en los atardeceres amarillos, naranjas.

grinoa

Ahora el sol poniente es para ella una como una fruta purulenta que se pudre de tan madura, no soporta su color rojizo sin sentir una náusea que le pone a bailar el estómago. Y las chicharras malditas le aguijonean la cabeza con sus gritos. Pasea por los jardines enfundada en su ropa siempre blanca. El fulgor amarillo limón del sol reverbera en su atuendo y la ciega, eso repite ella, que la ciega, pero no han querido traerle unas gafas. Sus ojos eran grandes y hermosos, amarillos como la miel añeja.

Ella se acuerda y sonríe. Amarillos como miel, y la miel de las abejas. Amarillos como abejas. Amarillos como avispas, se repite riendo bajito. Las avispas pican, y ella se ríe más, pero para sí. A las otras, las que van de azul, no les gusta que ría cuando está sola. Pero a ella le gusta reír. No le gusta la miel. La odia. A él también. Odia sus ojos de miel y su pelo amarillo como el trigo cuando la siega. Lo odia y se ríe. Porque lo odia. Porque se acuerda. Ella, la otra, llevaba también un vestido amarillo. Y él la mira arrobado, con sus ojos de miel.

church

Ya no existía para él. Ya no estaba. Sólo él y la chica del vestido amarillo, con un puñado de lirios en la mano. Que ya no eran más suyos. Siente un rocío que le moja la cara, se limpia con la manga amarilla de sol, antes blanca. La de azul viene y se la lleva, ella quiere estar junto al parterre de los lirios amarillos. Sentarse allí sin molestar. Pero la de azul se la lleva. A su habitación asoleada, pintada de amarillo huevo. El que llaman psiquiatra dice que tengo que dejar pasar el tiempo del rencor. Del rencor amarillo, yo digo. Y él dice que bueno. Dice que hay que dejar atrás lo pasado. Y ella se acuerda del pasado. Del pasado mango amarillo del cuchillo. De la herida mortal en la espalda. De los ojos de miel entornados. De él, a quien aun ahora que está muerto odia como a los lirios. Y la enfermera: “¿Por qué lloras? Pintamos la habitación a tu gusto…”. Y ella: “No me gusta el amarillo. Lo odio”.

colgada

Hasta que Claudia entró en el restaurante y Chen Wang sintió que se le encogía el corazón. No era una mujer hermosa, pero tenía algo en la mirada que le recordaba al brillo de los ojos de Ashan cuando le descubrió en la tienda de antigüedades de su tía. Chen Wang no supo que se había enamorado de ella hasta que se dio cuenta aquella tarde, mientras escogía óleos en una tienda de manualidades, de que había dejado de comprar peonias para Ashan porque necesitaba el dinero para pintar un abanico, el más hermoso, para Claudia. No sabía por qué, pero le había dibujado un cielo de grullas. Quizá porque simbolizaban la suerte y Chen Wang pensó que tal vez la necesitaba. Claudia venía tres veces por semana al restaurante de la plaza de la U: los lunes, los jueves y los sábados. De manera que mañana vendría. Chen Wang esperaba a Ashan sentado en la cama sabiendo que aquella noche tampoco aparecería. Tenía el abanico desplegado sobre las rodillas, le daba los últimos toques. Y, en un arrebato, escribió en chino en la última varilla del bambú del reverso algunas palabras de amor.

2018 Información digital para Cuenca y provincia